jueves, 18 de diciembre de 2014

PREMIADOS EN EL PRIMER CERTAMEN DE MICRORRELATOS ORGANIZADO POR IU GUILLENA

PRIMER PREMIO EN CATEGORÍA ADULTO
El cordón de mi corpiño (Marta Salguero Sanabria)
Bajó del taxi con una mezcla de sentimientos que le invadían el alma. Caminó muy lentamente, intentando absorber todo lo que sus sentidos percibían, observando hasta el último detalle e intentando guardarlo muy dentro de él. Y ahí, al girar el callejón, los recuerdos le golpearon con fuerza: Se veía allí, con apenas diez años, jugando con sus amigos en la calle. Era feliz corriendo de un lado a otro, jugando al fútbol y paseando en aquella vieja bicicleta. Se preguntó qué habría sido de aquel tirachinas que le fabricó su padre y casi pudo saborear el recuerdo de las meriendas en casa de su abuela: pan con aceite y azúcar mientras ella tarareaba aquella canción: el cordón de mi corpiño, mi niño, que no lo puedo cortar…
Siguió caminando, y, de pronto, se vio de mozuelo en la plaza. Qué guapas se ponían las muchachas del pueblo para “pasearse” los domingos con sus faldas bien planchadas y sus tacones de corcho… Después de un rato, se detuvo. Y allí estaba la rivera, pero qué lejos estaba la rivera que él había conocido: casi una playa, donde venían a bañarse gentes de todos los alrededores y donde las mujeres lavaban sin descanso y soleaban la ropa. Y qué duro el trabajo en el campo de aquella época, pero qué felices eran con lo poco que tenían.
Cansado, se sentó en un banco. Tomó aire y en esa bocanada creyó percibir los olores del pueblo: junco, tomillo, retama, incienso, café, migas y dulces caseros…
Espiró lentamente y con su mirada, hizo la foto más preciosa y esperada de su vida. Y es que uno está unido al lugar en el que nace por un cordón invisible pero irrompible, como el de aquella canción de Antoñita Moreno.





PRIMER PREMIO CATEGORÍA JUVENIL
La generación perdida (Blanca Dominguez Marcello)
Hace años, escuche unas palabras muy sabias de alguien a quien considero aun más sabio, esta persona me dijo, que el mundo comenzaba a tambalearse, y que habíamos conseguido dar a luz a toda una generación perdida. Yo aún era una niña, no comprendí aquello, ¿Cómo podíamos estar perdidos nosotros, que venimos con las nuevas tecnologías bajo el brazo y con la información más suculenta a nuestro alcance, pulsando tan solo algunas teclas? Ayer, casi a punto de llegar a la edad considerada “adulta”, entendí el valor de aquella frase casi profética. Mientras paseaba cerca de los parques de mi pueblo, no veía niños jugando en el césped, ni corriendo por los amarillos alberos, tampoco sentados en los bancos de la plaza del salvador conversando entre ellos, no; lo que vi fue mucho peor.
Cabezas agachadas ante unos móviles, sin cruce de miradas, ni de risas o sonrisas, solo seriedad e insensibilidad ante aquella pantalla. Ahí lo comprendí todo.
Caminé triste por la avenida principal pasando ante la casa de la cultura en el corazón de mi Guillena, y más de lo mismo, incluso gente adulta, en las cafeterías y bares de ambos lados de la ancha calle, estando reunidos, no se miraban, no sentían, no actuaban como humanos.
Si esto ahora esta así, ¿qué será de los que vengan detrás? Papá, tenías razón, la generación perdida ha llegado, solo quiero matizar tu pensamiento afirmando que, aun que ya estamos muy perdidos, incluso con los medios necesarios para encontrarnos, la generación pérdida no me corresponde, pues yo aun recuerdo tardes de hastío jugando en la plaza del salvador, mañanas de inviernos jugando en el patio de un colegio, y primaveras en el arroyo. La generación perdida es la que viene tras nosotros, pues serán vidas pérdidas sin niñez que añorar.



PRIMER PREMIO CATEGORÍA INFANTIL
El autobús ( Alajandra Álvarez Naranjo)
Debí de equivocarme de autobús, el camino no me sonaba demasiado. Una hora después el autobús paró suavemente y miré por la ventanilla contrariado. No estaba en Granada, aunque, siendo la curiosidad superior al miedo bajé y miré en la parte alta del asiento del conductor: Sevilla-Morón de la Frontera.
Me mordí el labio inferior y me insulté interiormente por mi despiste, metí la mano en el bolsillo del pantalón, saqué algunas monedas, las suficientes para otro billete, aunque el viaje sería en vano, ya llegaría tarde a la reunión de trabajo.
Miré a mí alrededor, me miré a mí. Destacaba de sobremanera con el traje de chaqueta gris y los zapatos nuevos y brillantes. Había gente corriendo, charlando animadamente y paseando a sus perros.
Encogiéndome de hombros me dirigí a la puerta lateral del autobús para coger mi maletín, en cuanto lo tomé caminé hacia delante, según un mapa del pueblo me encontraba en un parque llamado los Palomitos.
Caminando llegué a El Paseo de la Alameda, de las fuentes brotaba agua sin descanso, y las palmeras eran altísimas.
En el Pozo Nuevo encontré muchísima prisa y actividad, y me sorprendí mirando embobado los pasteles de un comercio cercano.
Tiendas a ambos lados llenas de carteles
y coloridos ambientes encontré en aquella calle. Unos trescientos metros más adelante me topé con el ayuntamiento, era un alto edificio de gran belleza con un gran reloj en lo alto y un elegante nido de cigüeña.
La Iglesia de San Miguel se podía contemplar desde donde me encontraba, era preciosa, incluso el Castillo de Morón, podía imaginarme sus años de gloria y sus altos torreones.
Pude caminar algo más de tiempo antes de mirar el reloj y apretar el paso para coger a tiempo el autobús hasta Sevilla. Pero volvería